Se escucha el ruido del rechinar de una puerta. Las bisagras no reciben aceite desde hace por lo menos 20 años, cuando el anterior dueño, un padre de familia responsable y laborioso las alimentaba cada mes religiosamente los sábados por la mañana.
Claro, cuando llegaron ellos (nunca fueron una familia, normal… lo que se dice “Normal”) las pobres puertas con el tiempo aprendieron a hablar en todos los idiomas.
El padre era el típico arquetipo de trabajador temprano, devenido en clasemediero de los 90’ arrasado y desgarrado por la continua culpa del sufrimiento legado por su familia. Con los constantes cuentos sobre como debía cuidar los coches de la calle del cementerio, porque había que llevar plata para la casa, y eran muchos hermanos.
La madre cargaba con una historia mas complicada, y también con una enfermedad moderna, desconocida y ocultada por la familia entera por mucho tiempo, pues claro era una vergüenza padecer una enfermedad que no pudiera ser curada por la obra social en el hospital militar.
Los hijos eran 2 (hasta esta altura de la historia) chicos casi normales, absorbidos por ciertas costumbres quizás no tan típicas (como las de correr a la emergencia a altas horas de la noche) pero naturales para ellos.
La pregunta, que surge a partir de las conversaciones de la puerta es, que consecuencia tuvo en la vida de la chica (la nombraremos Elisa para ponerle un nombre de mujer, y no perdernos) que su papá no pudiera aceitar las bisagras, y las puertas se la pasaran gritando todas las noches?
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